LA LECHE QUE NOS DAN


A la leche se ha asociado siempre con el calor de la madre y una buena nutrición. La leche materna desde luego es el mejor alimento para el bebé, pero cuando bebemos la leche de otro animal todo cambia, su composición química difiere de la leche humana y carece del campo energético de lo humano.

El ser humano es el único mamífero que sigue bebiendo leche después de su normal periodo de lactancia. Cuando finaliza esta época, entre el 70 y el 90% de la población dejamos de producir lactasa, la enzima necesaria para digerir la lactosa, el hidratro de carbono de la leche. Así al no poderla digerir, fermenta en el estómago y provoca gases, flatulencias, malas digestiones y el venenoso ácido láctico. Por este motivo la leche es la alergia alimentaria más común entre los niños. No sucede lo mismo con los yogures, donde la lactosa ya se ha descompuesto en el proceso de la fermentación.
La leche de vaca tiene tres veces más proteínas y cuatro veces más calcio, ambos elementos de construcción. Tiene además apreciables cantidades de hormonas para marcar un factor de crecimiento que junto con las proteínas y el calcio, formarán lo que más tarde será un ternero, que pesará tres o cuatro veces más que un ser humano. La obesidad y los lácteos hablan un mismo idioma.

Los excesos se escretan por los riñones de forma natural. Pero cuando nos excedemos, al tomar el triple más de proteínas de lo que necesitamos, nos enfrentamos a una diaria carga de desechos mucho mayor de la que el cuerpo puede manejar a través de los riñones. Las rejillas se van obstruyendo (ya desde bebés) y el cuerpo empieza a expulsar lo que le sobra por la piel y las mucosas. La materia del cuerpo no utilizada se convierte en moco o pus, de ahí los granos, el acné, el sobrepeso, el asma, ... Los productos lácteos son un terreno abonado para las infecciones y contrariamente a la creencia popular, nunca deberíamos tomarla cuando estamos resfriados.

Tiene mucho calcio, más del triple, pero también mucho fósforo, muy desproporcionado respecto a la leche materna. El exceso de fósforo combina con el calcio impidiendo su absorción. Asimilamos más calcio de la leche materna que de la de vaca, aunque ésta última tenga bastante más. Además como a la leche industrial siempre se le añade vitamina D sintética, ayuda a fijar el calcio que no asimilamos y se favorece su depósito en el cuerpo, dañando al sistema cardiovascular, ayudando a la calcificación de los riñones (formando también cálculos renales) y facilitando el retraso mental.

En cambio los hidratos de carbono de la leche materna doblan a los de la vaca, por eso a menudo a la leche se la acompaña de azucar o bollitos que ayudan a compensar esa carencia.

La leche de vaca tiene aproximadamente el triple de sodio que la humana y nuestra dieta ya es especialmente rica en sodio. Casi todos los alimentos tienen cantidades importantes de este mineral. Además tomamos en general demasiada sal (entre cuatro y cinco veces más de lo que necesitamos) y ya sabemos en que se traduce eso: retención de líquidos, hipertensión arterial, etc.

La leche de vaca tiene un poco menos de grasa que la materna, por tanto el problema de la leche no es precisamente la nata y no deberíamos quitársela, ya que al tomarla descremada se produce un 20% de aumento relativo de proteínas. Una consecuencia de esto es el sarpullido en el culito de los bebés, consecuencia del exceso de amoniaco proveniente del metabolismo incompleto de las proteínas. Además la nata ayuda porque favorece la asimilación del calcio.

Pero aparte de todo esto, la leche que tomamos es leche pasteurizada y homogeneizada.

En la pasteurización la leche se calienta varias veces, a 65º y a 72º entre 30 y 15 minutos respectivamente. Si bien con este proceso se eliminaron muchas enfermedades infecciosas, también es verdad que en los experimentos de laboratorio, los animales alimentados con leche pasteurizada aumentaron los problemas, entre ellos redujeron su capacidad de reproducción y no vivieron más de seis semanas. Además reduce el contenido en vitamina C (de la que si tenemos normalmente insuficiencia) a la mitad.

La homogeneización rompe la leche en partículas más pequeñas y parece ser que por ese proceso, una enzima, la xantina oxidasa, puede pasar a través de la pared intestinal y llegar a circular por el torrente sanguíneo arañando sus paredes. El cuerpo se defiende de esto añadiendo fibrina y colesterol en las venas dañadas, siendo esto otra causa, aparte del consumo de grasas animales, de la peligrosa arteroesclerosis.

El consumo de productos lácteos (leche, queso, yogur, helado) parece estar ligado a diversos transtornos del sistema reproductor de la mujer, entre ellos tumores y quistes ováricos y secreciones e infecciones vaginales; también están relacionados con los espasmos menstruales y los flujos excesivamente abundantes. A veces con eliminar el consumo de lácteos, los resultados son sorprendentes.

Si nos preocupa el tema del calcio, deberíamos hacer lo que hacen las vacas y las cabras para tener tanto, comer verdura cruda, una fuente excelente de calcio asimilable. Los berros, el brécol crudo o cocido, las coles o el perejil tienen mucho más calcio que la leche de vaca. Las almendras tienen más del doble y algunas algas 12 veces más.

Más que tomar calcio deberíamos ocuparnos de los alimentos que nos lo roban y provocan descalcificación. Los alimentos refinados como el pan blanco, las pastas y sobre todo el azúcar, son subproductos que entre otras cosas acidifican el organismo. Para compensarlo y equilibrar el PH, el cuerpo necesita echar mano de su reserva de minerales alcalinos, entre ellos y de manera muy importante el calcio de los huesos, provocando caries y a la larga osteoporosis, por nombrar dos enfermedades no contagiosas relacionadas con el calcio pero no se solucionan con su consumo, sino eliminando los alimentos que nos lo quitan.

Aparte de ser un alimento poco apto para el consumo humano por lo que acabamos de ver, la leche con los procesos a los que se ve sometida, se transforma en una sustancia bien diferente de la original leche de vaca. Muchas personas no soportan el sabor de la leche natural y a menudo a los que la toman les sienta tan mal que la devuelven. Si no podemos privarnos de un buen tazón de leche caliente antes de acostarnos, podríamos empezar a probar con otras leches (no son leche pero así se las llama) que seguro nos cuidarán por dentro mucho mejor, aunque al paladar quizá le cueste adaptarse un poco. Son la de soja, avena, almendra o arroz. Quizá nos gusten desde el primer día (la de arroz está buenísima) y nuestro cuerpo nos lo agradecerá. Es un poco cuestión de paciencia y buenas intenciones. Suerte.



Quiero ahora incluir un interesante artículo que acabo recibir a través de Saludvital.net y que está muy relacionado con lo que en su día escribí y que servirá sin duda para ampliar más la información.


CONSUMO DE PRODUCTOS LACTEOS Y SU INCIDENCIA EN TUMORES DE MAMA, OVARIOS, PRÓSTATA y otros.
  La historia de la profesora Jane Plant, geofísica y jefa científica del Brotáis Geológica Survey -una prestigiosa institución pública británica que se dedica a la investigación en materia de Geología-, puede constituir un significativo ejemplo para muchas mujeres ya que ha sobrevivido a 5 tumores mamarios y a las prácticas médicas convencionales para tratar su cáncer.
"A raíz de un viaje de mi marido a China -cuenta en su obra- empecé a pensar en que mi enfermedad era virtualmente inexistente en dicho país. De hecho sólo una de cada 10.000 mujeres muere de cáncer de mama en China mientras que sólo en el Reino Unido las cifras oficiales hablan de una de cada 12. Entonces mi marido quien también es científico- y yo misma, empezamos investigar sobre la forma de vida y alimentación de los orientales hasta que llegamos a la idea que me salvó la vida: las mujeres chinas no enfermaban de cáncer de mama ni los hombres desarrollaban tumores prostáticos porque son incapaces de tolerar la leche y, por tanto, no la toman. Es más, supimos que los chinos son incapaces de comprender la preocupación occidental por tomar leche de vaca. Ellos nunca la utilizan ¡y menos para amamantar a sus bebés! Y si te paras a pensarlo no puede ser una simple casualidad que más del 70% de la población mundial haya sido incapaz de digerir la lactosa. Hoy lo que creo es que la naturaleza intenta avisamos a tiempo de que estamos comiendo un alimento equivocado".
He vencido el cáncer tras 5 tumores mamarios y los tratamientos convencionales en hospital, de una forma muy sencilla: Eliminando todos los lácteos de mi dieta.
  Su historia es parecida a la de otras muchas mujeres. Sintió el mismo pánico cuando le diagnosticaron cáncer de mama y confiada en el buen saber y hacer de los médicos se sometió a una mastectomía y a la irradiación de sus ovarios porque le dijeron que así se provocaba la menopausia, se suprimía la producción de estrógenos y se podría curar el cáncer.
  Pero todo resultó falso. De hecho el cáncer se le reprodujo hasta 4 veces.
"Sufrí la amputación de una mama, me sometieron a radioterapia y a una quimioterapia muy dolorosa. Me vieron los especialistas más eminentes de mi país pero en mi fuero interno estaba segura de que me estaba enfrentando a la muerte. Y estuve a punto de tirar la toalla", cuenta la profesora Plant en su libro Your life in your hands (Tu vida en tus manos) en el que relata su propia experiencia y explica cómo llegó a la idea que ha salvado su vida:
  Cuando Jane Plant se planteó todo esto se estaba tratando con quimioterapia su quinto tumor mamario. Y fue entonces cuando decidió suprimir por completo la ingesta de lácteos, incluidos todos los alimentos que contienen algo de leche: Sopas, galletas, pasteles, margarinas, etc. ¿Y qué sucedió?
  "En sólo unos días -recoge en su libro- el tumor empezó a encogerse. Dos semanas después de mi segunda sesión de quimioterapia y una semana después de haber suprimido la leche y sus derivados, el tumor empezó a picarme.
  Luego se ablandó y comenzó a menguar. Unas seis semanas después había desaparecido.
De hecho mi oncólogo del Charing Cross Hospital de Londres no pudo reprimir exclamar un maravillado "¡No lo encuentro!" cuando examinó la zona donde había estado el bulto. Por lo visto no esperaba que alguien con un cáncer tan avanzado -ya había invadido mi sistema linfático- pudiera sobrevivir.
Afortunadamente aquel oncólogo logró superar su escepticismo inicial y en la actualidad recomienda una dieta sin lácteos a sus pacientes.
Convencida de que dejar de tomar lácteos era lo que le había salvado la vida, Jane Plant decidió plasmar sus conocimientos y su experiencia en el libro antes mencionado. Y de inmediato más de 60 mujeres aquejadas de cáncer de mama se pusieron en contacto con ella para pedirle consejo. Sus tumores también desaparecieron. "Aunque no fue fácil aceptar que una sustancia tan 'natural' como la leche pudiera tener tales repercusiones para la salud explica Plant ahora no me cabe duda de que la relación entre los productos lácteos y el cáncer de mama es similar a la que existe entre el tabaco y el cáncer de pulmón. Pero no sólo eso porque, por ejemplo, ya en 1989 el doctor Daniel Cramer de la Universidad de Harvard- determinó que estos productos están implicados en la aparición del cáncer de ovarios. Y los datos sobre el cáncer de próstata conducen a conclusiones similares. La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma que el número de hombres que padecen este cáncer en China es de 0,5 por cada 10.000 mientras que en el Reino Unido la cifra es 70 veces mayor. La clave está pues, sin duda, en el consumo de lácteos".
  Para la profesora Plant la leche de vaca es un gran alimento...¡Pero sólo para los terneros! Y afirma convencida que la naturaleza no la ha destinado a ser consumida por ninguna otra especie. "De hecho estoy convencida de que salvé mi vida por dejar de consumir leche de vaca”.